Don Johnson, el high roller que no tenía nada que ver con Miami

Una tormenta perfecta. A finales de 2010 y principios de 2011, se dieron las circunstancias idóneas para que un solo hombre, un jugador de blackjack, abriera un agujero de más de 15.000.000$ en las cuentas de tres casinos de Atlantic City.

El nombre de este maestro de las oportunidades únicas es Don Johnson.

En cualquier calle del planeta, Don Johnson, el actor de “Corrupción en Miami” ganaría en popularidad a su homónimo por un amplísimo margen, pero en las mesas reservadas para los high rollers de los casinos de Atlantic City, el rostro que todos reconocían era el del jugador.

Don era un hombre de la industria. Se fogueó en los hipódromos de Philadelphia. Varios puestos directivos y la patente de un sistema de apuestas desarrollado por una compañía propia le convirtieron en un hombre adinerado. Como jugador, eso se traducía en una banca muy llamativa.

Johnson tenía suficiente crédito en los casinos como para negociar condiciones especiales, como el aumento del nivel de las apuestas o un descuento en las pérdidas. Por poner un ejemplo, el Borgata le concedió un 20% de devolución en caso de que sus pérdidas alcanzaran en algún momento los 500.000$.

Estas concesiones a los high rollers son utilizados por los grandes jugadores para recortar en lo posible las odds a favor de la casa en la modalidad de juego de su elección. Es un tira y afloja arbitrado por el riesgo que un casino quiera tomar, pues un jugador de estas características puede ser la fuente de ingresos que pone en verde las cuentas o, por contra, puede hacer encajar al local unas pérdidas que pueden tener mucho peso en el balance mensual.

Cuando hablamos de las especiales circunstancias del inicio de la pasada década nos referimos al efecto de la crisis financiera de 2008. Las cifras de ingresos de la industria del juego de Atlantic City entraron en una espiral descendente que movió a los relaciones públicas a bajar la guardia en sus negociaciones con los high rollers.

Don Johnson vio su oportunidad par apretar las tuercas al Borgata, y lograr que su 20% de descuento en pérdidas fuera aplicable a la duración de una visita, en vez de a la contabilidad general de sus apuestas en el casino. Además, forzó mucho la mano para suavizar las reglas de su mesa privada de blackjack -p. ej: seis barajas, apuesta máxima de 100.000$, la casa se plantaba en soft 17 (A-6) y cosas por el estilo-, con lo que igualó las odds casi al 50%.

El Tropicana y el Caesars, ávidos por atraer la atención de un cliente tan distinguido, igualaron la oferta al pie de la letra.

La leyenda cuenta que Johnson se enfrentó a los casinos de Atlantic City sin hacer ningún tipo de trampa, sin contar cartas, ni nada parecido. Don impuso su templanza y su sangre fría a la de los crupieres, atenazados por la responsabilidad de repartir cartas con una cantidad inimaginable de dinero sobre la mesa. Además, se hizo rodear de bellas y joviales señoritas, que ayudaban a aligerar el ambiente de la mesa y relativizar el calibre del butrón que les estaba haciendo a los casinos.

Los golpes de suerte también fueron muy importantes para que todo saliera redondo. La mano más espectacular de aquella racha fue un ocho doble, que Johnson separó. Le tiraron dos nuevos ochos, unas probabilidades estratosféricas, pero fue peor aún cuando, después de un nuevo split, el crupier completó las manos con un par de doses y un par de treses. Johnson dobló apuesta en las cuatro manos y la banca se pasó de 21. Estaba jugando la apuesta máxima, 100.000$, que multiplicada por ocho le reportó 800.000$ en una sola jugada.

Pero mejor nos vamos a olvidar de todo eso, porque la historia no es tan romántica.

El propio interesado le contó a un colaborador del blog de 888casino que la noche más memorable de su legendaria pelada a los casinos empezó una tarde en el Taj Mahal. A las pocas horas le habían invitado a abandonar las mesas, después de hacerse acreedor a un cheque de 220.000$. Llamó a los responsables del Caesars, que le prometieron buscar la manera de cobrarlo y ponerlo a su disposición en su casino.

Era una ocasión perfecta, pues sabía que los managers que por rutina se debían ocupar de las mesas de su sección estaban en una conferencia en Londres, y la comunicación iba a ser muy poco efectiva entre ellos y los pocos encargados presentes.

“Más tarde me enteré que al presidente le dijeron por conferencia que yo iba “dos arriba”. Entendió 200.000$ y decidió dejar abierta la mesa. Por la mañana le volvieron a interrumpir, para decirle que iba cuatro arriba. “Tampoco es que sea el fin del mundo”, contestó. Eran 2.000.000$ y 4.000.000$, en realidad”.

Aparte de la compañía femenina, Johnson contaba con dos ayudantes, uno que recogía información de las cartas del crupier cuando las levantaba de más para repartir y otro que contaba cartas. Cuando las probabilidades de que apareciera una carta buena eran altas, las chicas no apostaban, pero cuando había que agotar las barajas descompensadas a favor de la casa las hacía pedir cartas para ir quemando cuantas más mejor.

Jugaba tres manos de 25.000$ a la vez. En dos horas y media, le había levantado millón y medio al Caesars. Empezaron a aparecer ejecutivos preocupados y se multiplicaron las conversaciones por teléfono. Johnson hizo mutis por el foro y se fue a cenar por todo lo alto. Volvió de un night club con una cohorte aún más numerosa, y reanudó el juego.

Hizo correr el champán de las mejores marcas y otros tipos de alcohol. El ambiente era de lo mas festivo, precisamente el que buscan los casinos para que los jugadores se desinhiban y pierdan el miedo a perder demasiado dinero, pero, a la chita callando, Johnson fue ganando millones a la casa, hasta que, con 4.230.000$ acumulados en pérdidas, el Caesars renunció a arriesgar más fichas.

En la ocasión ideal, después de negociar las mejores condiciones para su mesa y con los casinos aceptando mas riesgos que nunca, Johnson fue capaz de organizar la partida perfecta de blackjack, y sacó un enorme rendimiento de ello.

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